VOCACIÓN MONÁSTICA

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El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz (Jn 10, 2-4).

Jesús se comparó con un pastor, al decir que sus ovejas reconocerían el sonido de su voz, lo mismo que él las reconocería a ellas. Una de las verdades básicas de la fe cristiana se expresa en esta idea de la llamada divina y la respuesta del hombre. Toda la vida cristiana está reseñada en esta vocación y respuesta que el Evangelio describe repetidas veces.

Cristiano es aquel que ha escuchado la llamada de Cristo y respondido personalmente. Por tanto, no es correcto pensar que únicamente tienen «vocación» los que están en monasterios, conventos, seminarios, comunidades religiosas o casas parroquiales. Todo cristiano tiene la vocación de ser discípulo de Cristo y seguirlo. Algunos lo siguen en el matrimonio, que, a pesar de no imitar su vida célibe, participa no obstante del misterio de su presencia en el mundo (Ef 5, 25-31). Otros siguen a Jesús al vivir en castidad, pobreza, obediencia y servicio a los demás en el amor. El monje no tiene dos vocaciones, una como cristiano y otra añadida por su estado de monje. Su vocación monástica no es más que un simple desarrollo de su propia vocación cristiana, un paso más en el camino elegido personalmente para él por Jesucristo. Feliz el hombre que escucha la voz de Cristo llamándolo al silencio, a la soledad, la oración, la meditación y al estudio de su Palabra.

Esta llamada para vivir apartado con Cristo y subir con él a la montaña para orar» (Lc 9, 28), es rara y especial, de manera particular en nuestros días. Pero también es muy importante para la Iglesia, y por esta causa aquellos que creen ver indicaciones de esta vocación en sí mismos o en otros, deben encarar el hecho con seriedad y hacer algo al respecto en un espíritu de oración y prudencia.

La paz de la soledad y el apoyo de la comunidad contemplativa tienen un atractivo especial para mucha gente, y no es de extrañar que en nuestros tiempos se presenten muchos aspirantes en los monasterios más estrictos, buscando precisamente la vida austera y dedicada de aquellas comunidades que han renunciado más explícitamente al mundo. Una atracción por el silencio y la oración, un deseo generoso de abrazar la disciplina y ofrecer los años maduros en sacrificio a Dios, puede ser un signo de vocación auténtica. Pero no basta la sola atracción. Ni su ausencia es garantía de que falte tal vocación.

Una vida de piedad extraordinaria tampoco es necesariamente una señal de que uno sea apto para la vida contemplativa. Con frecuencia, hay personas que viven como buenos católicos en el mundo, pero al entrar en clausura se vuelven demasiado introspectivos y replegados sobre sí mismos. Sus ejercicios de piedad se hacen artificiales, forzados y excesivos. Un monje debe tener la personalidad bien equilibrada y su enfoque religioso debe ser sincero y profundo. Como lo indica san Benito, debe buscar a Dios con sinceridad y poder vivir socialmente, con llaneza y caridad hacia los demás. Debe tener un fundamento sólido de actitudes cristianas, una capacidad de servir alegre y generosamente, ser humilde y bondadoso, y sobre todo flexible para poder cambiar y aprender. Una persona aparentemente muy piadosa, o que parece conocerlo todo sobre la vida interior, puede malograrse en un monasterio debido a su incapacidad para cambiar y aprender nuevos caminos del espíritu.

A veces los que se sienten agobiados por el peso del trabajo en el apostolado activo se vuelven hacia los claustros contemplativos en busca de paz y descanso; pero esto no es normalmente la solución a sus problemas, aunque siempre hay algunos hermanos en las comunidades monásticas que se han adaptado bien después de comenzar en la vida activa.

Al seguir una llamada a cualquier vida religiosa o sacerdotal, se trata de una elección libre, pero debemos recordar siempre que la elección fue hecha primero por Dios (Jn. 15, 16). Sin embargo, la elección divina puede manifestarse en forma oscura y extraña. Frecuentemente, es difícil explicar qué constituye una vocación. A esta pregunta no hay que contestar en forma abstracta, sino en cada caso concreto, sobre la base de la experiencia y la prudencia de quienes estén capacitados para ayudar al candidato a discernir lo que Jesús está diciendo y a dar una respuesta.

Al hablar san Elredo acerca de la vocación cisterciense en particular, dice: «Vosotros estáis llamados por admoniciones exteriores, por buenos ejemplos y por inspiración secreta».

Así la idea de la vida monástica se despierta a veces por una advertencia, por la sugerencia de un sacerdote o amigo espiritual y hasta por una observación casual. A veces, también, el ejemplo de uno que abandonó el mundo para vivir en una comunidad contemplativa puede llevarnos a pensar seriamente en hacer lo mismo.

A veces, un hombre es conducido a la vida monástica por una atracción profunda, persistente y duradera, con una convicción interior cada vez más manifiesta, de que eso es lo que debe hacer. Esto puede involucrar mucha incertidumbre y un intenso conflicto interior. Relativamente pocas vocaciones se deciden sin lucha. Pero cualquier católico que busque con sinceridad entregar su vida a Dios en un monasterio, que comprenda a qué está destinada la vida monástica y esté dispuesto a aceptarla como es en realidad, puede pedir ser admitido.

Sin embargo, el candidato tiene que reunir ciertas condiciones físicas, mentales y espirituales. Ante todo, debe ser maduro: veinte años es la edad mínima para la mayor parte de nuestras comunidades. Debe tener la salud necesaria para vivir según la Regla y las normas de la Orden, con su régimen de vida, trabajo manual, vigilias, convivencia, etc. Una excesiva susceptibilidad sería un contrasigno.

Por lo menos se requiere una educación primaria, y en algunos casos los hermanos que aconsejan al aspirante pueden decidir que, según sus posibilidades, termine el bachillerato o curse estudios universitarios antes de entrar. Por otra parte, la madurez afectiva es más importante que la mera formación intelectual. En cuanto a las condiciones morales, es lógico suponer que cada uno que pide ser admitido no sea ya un modelo de perfección, pero tiene que tomar las cosas en serio y debe tener cierta garantía, basada en la experiencia, de que es capaz de cumplir las obligaciones impuestas por los votos. Una súbita conversión después de una vida desordenada no es necesariamente un signo de que se tenga también vocación a la vida monástica. Por el contrario, en tales casos se requiere un período prudencial de espera y prueba, que puede extenderse durante varios años.

Es importante comenzar bien en la vida monástica, abrirse con confianza a los que nos enseñan, abandonarse en fe al cuidado misericordioso de Dios. Quien no nos abandonó cuando estábamos lejos de El, nos dará ciertamente el buen Espíritu que nos hace falta al tratar de seguir su voluntad. Si Dios parece ocultarse de nosotros y si hay momentos en el monasterio en los cuales pensamos que vamos para atrás en lugar de progresar, debemos comprender que esto es parte de su plan para nosotros. Es una prueba para nuestra fe.

Aún más importante es perseverar. El monasterio no existe como una casa de retiro temporal, de la cual se puede regresar fácilmente al mundo y retomar a las cosas donde se paró. La vocación monástica es para toda la vida, y aquel que entra en un monasterio no debe hacerlo simplemente para ver lo duro o lo fácil que es. No importa lo duro o lo fácil de la vida monástica, sino la fidelidad con la cual uno la abraza como voluntad de Dios, y continúa obedeciendo cualquier indicación de esa santísima voluntad, hasta la muerte. La verdadera belleza de la vocación monástica reside en la imitación permanente y palpable a la obediencia de la Virgen María al recibir ella la Palabra de Dios en cuerpo, alma y espíritu. Esta misma Palabra empuja al monje a ir con Jesús a la soledad, para continuar allí, en provecho de todo su Pueblo, la búsqueda del rostro del Padre. Como con Abraham, no se trata de una gira de pocas semanas, sino de toda una vida de fidelidad en busca de la tierra prometida por Dios mismo.

El que escucha la voz del Señor debe reconocer que está llamado a una aventura cuyo final no puede prever, porque está en manos de Dios. Éste es el riesgo y el desafio de la vocación monástica: entregamos nuestras vidas en manos del Señor para no recuperarlas ya nunca más. El amor filial y constante a María, nuestra santísima Madre, dará a nuestra entrega una generosidad más espontánea y hará que todo nos conduzca más rápidamente a Jesús. En cuanto a los resultados, las esperanzas, los temores, las necesidades y las satisfacciones que experimentaremos: ni nos hacemos ilusiones, ni los evitamos. Nuestra tarea es buscar primero el Reino de Dios en soledad, oración y servicio fraterno. Lo demás se dará por añadidura.


Texto de Thomas Merton (“The Cistercian Life”),

Adaptado para la Revista CISTERCIUM (nº 212, 1998).

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