Pureza de corazón

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Toda la disciplina de la vida monástica está encaminada a un fin: al creciente progreso en esta “pureza de corazón” que es condición para la paz, el olvido de sí, la humildad, la despreocupación de todo cuidado y la ansiedad propias de una vida dominada por una inquietud esclavizante.

La pureza de corazón no es, sin embargo, fruto de una proeza personal, algo que se puede lograr mediante la mera introspección, el examen y un constante esfuerzo por el progreso espiritual sin atender a las necesidades de los demás. La pureza de corazón, en sentido monástico, no puede conseguirse sin una humilde comunión en la caridad de Cristo. Esta es la razón por la cual la vida de comunidad monástica, con sus exigencias constantes de caridad y servicio desinteresado, es el principal medio para llevar el corazón del monje a un estado de paz, de mansedumbre, de fe y de sencillez.

Con todo, el monje vive la vida común en espíritu de soledad interior. Por eso, en determinados monasterios, como los cistercienses, se da especial relieve al silencio y a la oración.

Pero la vida monástica de silencio y oración jamás debe crear una sensación de conflicto entre el amor de Dios y el amor a los hermanos. Cuando uno de los dos estorba e impide al otro, es señal de que no se está viviendo plena y acertadamente como verdadero monje, con espíritu de fe. En la práctica, sin embargo, puede resultar muy difícil aprender a vivir una vida común de fraternidad, a la vez que se medita y se vive para Dios. Una de las señales de vocación cisterciense es la capacidad de conciliar estas dos tendencias aparentemente diversas en una vida de sencillez y silencio entre los hermanos.                                                                    3

Oración, alabanza y trabajo

El monje es el hombre de la oración y de la alabanza. Su vida de oración está centrada en la liturgia de la iglesia, en el canto de los salmos y en el sacrificio eucarístico.

La liturgia es el “camino real” del monje hacia Dios. Por eso san Benito dice que “nada se anteponga a la obra de Dios”. (Opus Dei). El centro de la liturgia es la misa, la renovación del sacrificio de Cristo ofrecido por él mismo, víctima y sumo sacerdote, en medio del pueblo escogido. Para entender lo que es en realidad la liturgia, hay que comprender la verdadera naturaleza del cristianismo. ¿Qué es el cristianismo, sino el misterio de Cristo en nosotros, el misterio de Cristo en su iglesia, el misterio de nuestra salvación y unión con Dios en Cristo Jesús?

San Pablo nos enseña el verdadero significado del “misterio mantenido en secreto por toda la eternidad y manifestado al presente…” (Rom 16, 25). Este misterio es nuestra incoración a Cristo. Es el santo y eterno designio de Dios Padre de salvarnos en su Hijo Jesucristo, de bendecirnos “con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo…, dándonos a conocer el misterio de su voluntad según su beneplácito…de restaurar todas las cosas en Cristo: lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 3. 9-10).

La “restauración” de todas las cosas en Cristo significa la espiritualización de todas las cosas a través del contacto con la sagrada humanidad del Verbo. El Dios-hombre, Jesucristo, reina en el cielo, pero está presente y actúa en la tierra, en los miembros de su cuerpo, que es la iglesia. Todos los que están incorporados a Cristo por la fe y por el bautismo tienen parte con él en su filiación divina, y entran con él en el misterio de su vida divina y de su poder.

Ahora bien, por el poder de su cruz estamos salvados, y nuestra vida en Cristo parte de nuestra participación en su muerte y resurrección. Pero la cruz y la resurrección de Cristo son algo más que un simple recuerdo histórico, son un hecho presente, actualizado místicamente por la liturgia, la “acción sagrada” que llamamos eucaristía. La eucaristía es un misterio sagrado, una acción divina y humana en la que Dios y el hombre toman parte en un ágape de sacrificio y reconciliación.

Jesús prometió claramente que él estaría verdadera y realmente presente en su iglesia como legislador, santificador y maestro, pero de modo especial en la más concreta y espiritual de todas las acciones: su propio sacrificio eucarístico como sumo sacerdote.

Por tanto, Jesucristo es nuestro sacerdote y nuestra víctima. Y él es quien ofrece místicamente entre nosotros la Eucaristía, y está ahora tan verdaderamente presente en medio de los fieles como lo estuvo en medio de sus discípulos en la última cena.

Desde este gran centro que es la eucaristía, la liturgia santifica cada momento de la jornada cristiana a través de las horas canónicas del oficio divino, el sacrificio de alabanza de la iglesia.

El hombre tiene un cuerpo y un alma, y ambos han de recabar su parte en la vida de cada día. El cuerpo tiene que recibir alimento y vestido, y para ello el hombre tiene que trabajar con sus manos, cultivar la tierra, cortar madera, cuidar del ganado, confeccionar sus vestidos, calentar la casa y mantenerla amueblada sencillamente. Pero más importante es el sustento de su alma por medio del estudio, la lectura, la meditación y la misma contemplación de las cosas divinas. Finalmente, el hombre debe elevar su espíritu a Dios en acción de gracias, oracion, arrepentimiento y adoración.

Ninguno de estos aspectos se olvida en el monasterio. La regla de San Benito tiene muy en cuenta la naturaleza del hombre y provee a una vida humanamente sana y feliz, a la que llama “escuela del servicio del Señor”. Ciertamente que exige trabajo y sacrificio, pero la satisfacción del deber bien cumplido lo compensa con creces. En definitiva, y por encima de todo está la alegría sobrenatural de aquel que ha dedicado todo su tiempo y todos sus pensamientos a Dios y vive como hijo fiel de su Padre celestial.

 

La familia monástica

La vida de la comunidad monástica está plasmada en la del Maestro con sus discípulos. Cristo es la verdadera cabeza de la comunidad. La fe lleva al monje hacia él por el Espíritu Santo en busca de fortaleza, consejo, apoyo, inspiración y valor. Pero el Maestro está visiblemente presente en medio de sus discípulos en la persona del abad. El abad, escogido de entre los monjes por votación, es un sacerdote de más edad y experiencia, capaz de dirigir los asuntos del monasterio y de proveer a las necesidades espirituales y materiales de los monjes. Todos los monjes le obedecen en virtud de su voto, con espíritu de fe, y, bajo su dirección, llevan a cabo el trabajo que exige el bien común.

Algunos monjes reciben la ordenación sacerdotal y desempeñan funciones espirituales en la comunidad o en la hospedería dirigiendo a los que vienen a hacer un retiro. Los sacerdotes reciben una preparación adecuada para actuar como directores espirituales, profesores de teología, y desempeñan también otras tareas que exigen una responsabilidad especial. Sin embargo, no se es ordenado sacerdote simplemente para ejercer una función. El sacerdocio es una perfección que se añade a su vida monástica de oración.

Otros permanecen simplemente monjes, sin recibir las sagradas órdenes. Estos pueden dedicarse más bien a la oración coral y al estudio. O bien darse más al trabajo manual y a la lectura meditada o al estudio. La proporción puede diferir según los casos.

Ante había dos categorías de monjes claramente diferenciadas: los monjes de coro y los así llamados hermanos conversos. Canónicamente, los hermanos conversos estaban en un nivel distinto del de los monjes de coro. Pero actualmente se han unificado las categorías. Todos tienen los mismos privilegios y son jurídicamente iguales. Con todo, la diferencia de funciones se mantiene, ya que algunos monjes sienten más atracción hacia el trabajo manual que al intelectual, y otros están más dotados para el servicio del coro. La uniformidad rígida jamás ha sido el verdadero ideal monástico; al contrario, tiene que haber lugar para una diversidad de dones y atractivos y nadie debe tratar de obligar a las personas a entrar en un molde para el que no están hechas ni por naturaleza ni por gracia.

Hombres de todo tipo, profesión, temperamento, clase social, raza y nación se unen en el monasterio por vínculos de fe y de caridad. Han aprendido por experiencia que todos son hijos del mismo Padre que está en el cielo. Aquí no existen discriminaciones sociales o raciales. Todos son uno en Cristo, y todos pueden cantar al unísono con el salmista: “Ved: que dulzura qué delicia, convivir los hermanos unidos” (Sal 132, 1).

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