EL HORARIO MONÁSTICO

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El "horario", o distribución de la jornada monástico, es educativo y fun­cional, ordenado todo él a facilitar a los monjes y monjas una vida "práctica" en­caminada a la oración continua, a la con­templación y al ejercicio continuo de la caridad con los que moran en la casa y los huéspedes.

Comienza la jornada cuando aún es de noche (en todos los monasterios españoles entre las 4 y las 5 de la mañana). Con esto se signi­fica la actitud de vigilancia y espera, y la intención de dedicar el tiempo tranquilo y exento de actividad laboral a la oración y a la contemplación de la Palabra de Dios. Por eso el día comienza con el oficio litúrgico de "Vigi­lias", al que sigue un gran intervalo de oración y lectura meditativa de la Escritura u otros textos espirituales.

Pasado este gran intervalo contemplativo, silencioso y calmo, toda la comunidad se reúne de nuevo (entre las 7 y las 8 de la mañana) para el oficio de "Láudes" y la celebración de la Eucaristía, momento fuerte de fraternidad y comunión, momento solemne, de alabanza y de apertura a la gran tarea creadora de Dios y del Verbo hecho Hombre.

Sobre las 8 ó 9 de la mañana comienza el tiempo de trabajo, inte­lectual y "de manos" (como dice la Regla de san Benito, que es la que orga­niza la vida monasterial y comunitaria de los monjes y las monjas). Unos monjes se aplican a la tarea formativa, mediante el estudio y la lectura, bien para sí o para otros. Hay quienes se entregan al trabajo que requiere la administración de la casa y sus recursos económicos. Las pequeñas acti­vidades "no productivas", pero necesarias, ocupan a los monjes y monjas sin que éstos pierdan el espíritu de silencio y contemplación. La hora de tercia a media mañana recuerda al alma la cooperación del cuerpo en la tarea creadora de Dios. Antes de la comida, siempre en común y signo de fraternidad, el oficio de sexta reúne de nuevo a la comunidad. Tras la comida, y sus concomitancias domésticas, humildes y sencillas, se ofrece a todos un descanso reparador.

La hora de nona abre la tarde del monje con un empuje nuevo frente al trabajo, o la continuación del estudio y la lectura formativas, hasta que llegue la hora de Vísperas (entre las 6 y las 7 de la tarde), en que de nuevo toda la comunidad se reúne para la gran oración de la tarde, en alabanza junto con todos los hombres de buena voluntad que luchan y trabajan por la paz, la justicia y el perdón en el mundo. Esta hora concluye con la solemne recitación de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos.

Sigue un breve intervalo de silencio y oración antes de que la comunidad tome su cena, frugal y sencilla, para continuar con un tiempo nuevo de lectura meditada, de escucha mutua en la sala capitular (la sala de reuniones), en la que unas veces el Abad y otras alguno de los hermanos o hermanas, instruyen a los demás. Es también la ocasión, en días señala­dos, de reuniones fraternas, en que los asuntos de la casa y de la vida ordinaria salen a relucir, buscando siempre "que todo se haga con paz en la casa de Dios", como también dice la Regla.

La jornada toca a su fin con el oficio de completas, hacia la 9 de tarde, en que se pide para todos, y para el mundo, la paz y el perdón de Dios, la reconciliación y el deseo de comenzar al día siguiente una vida nueva. Esta hora acaba siempre en los monasterios cistercienses con el canto de la Salve Regina, invocación tradicional -desde los orígenes de Císter- a la Madre de Dios, Asunto a los cielos, Patrona de la Orden, yola cual están dedicados todos los monasterios cistercienses.

Los monjes y las monjas de Císter, en sus actividades, en su tenor de vida y en el ambiente de sus monasterios, procuran seguir la Regla de san Benito, que al igual que ordena su jornada modela sus vidas y su espí­ritu hacia una vida frugal y pobre, de soledad y comunión, haciéndola tam­bién partícipe de las realidades humanas más humildes y dolorosas.

Aunque los monasterios cistercienses cultiven una vida de silen­cio y soledad, saben y quieren también compartir esta vida con todos aque­llos que acudan al monasterio deseosos de buscar a Dios y encontrar el sentido trascendente de la vida humana. Por eso, por medio de las hospe­derías y de la acogida, hacen partícipes a otros hombres y mujeres de sincero corazón de los dones que ellos han recibido gratuitamente al ser llamados a la vida cisterciense.

y así, hasta el día de la venida del Señor Jesús, los monjes y las monjas perseveran en la paciencia y la humildad, gimiendo con toda la creación, para que en todos y en todo se manifieste la gloria del Señor.

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