El monacato hoy

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La vida monástica es una vida de renuncia y de alabanza a Dios única y exclusivamente por su amor. ¿Se ha de considerar esto todavía como algo a lo que un hombre sensato puede dedicarse en el siglo XX? ¿No será simplemente un evadirse de la vida? ¿No será un rechazo de la amistad con otros hombres, pura misantropía, huida,  desilusión?

Un monje debe comprender los motivos que los han traído al monasterio, y de cuando en cuando debe volver a examinarlos a medida que avanza en su vocación. Una actitud apologética, defensiva, no está en conformidad con la vida monástica. No se concibe que un monje intente convencer a todo el mundo de que su vida tiene una justificación. Lo que él únicamente espera es que lo consideren como es, que lo tomen por lo que es, porque no pierde el tiempo en procurar convencer a los demás y a sí mismo de que él representa algo verdaderamente especial.

El monje está interesado no tanto por sí mismo como por Dios y por aquellos a quienes Dios ama. No busca justificarse a sus propios ojos considerándose en ventaja con respecto a los demás, antes bien se ve a sí mismo y a todos los demás hombres con él a la luz de los hechos decisivos e importantes que nadie puede esquivar. La muerte es inevitable y pone fin a las luchas y alegrías de la vida. El sentido de la vida que casi siempre es oscuro y a veces parece indescifrable. La felicidad que parece estar más lejos de las personas a medida que el mundo tiene mayor prosperidad, comodidad y confianza en su propia capacidad. El pecado, ese cáncer del espíritu que no sólo destruye al individuo y su posibilidad de ser feliz, sino a comunidades enteras y a naciones. La realidad del conflicto humano, del odio, de la agresión, de la destrucción, subversión, fraude y uso sin  escrúpulo del poder.

El hecho de que hombres que rehúsan creer en Dios, porque consideran que tal creencia es irracional, se sometan ilógicamente a formas más bajas de fe: creen ciegamente en todo mito mundano, sea el racismo, el comunismo, el nacionalismo o cualquier otro de los muchos mitos que los hombres de hoy día aceptan sin vacilar.

El monje se encara con esta realidad desconcertante y también se enfrenta con el vacío religioso del mundo actual. Es muy consciente de que para muchos hombres, como para Nietzsche, “Dios ha muerto”. Sabe que esta “muerte” aparente de Dios es de hecho una expresión de un fenómeno moderno perturbador la aparente incapacidad del hombre para creer; la muerte de la fe sobrenatural. Sabe que la semilla de esta muerte está en él, pues, aunque sea un creyente, se encuentra con que también en él existe la posibilidad de infidelidad y de caída. El sabe mejor que nadie que la fe es un don de Dios y que ninguna virtud puede dar al hombre un pretexto para jactarse delante de Dios.

¿Qué es la así llamada “muerte de Dios”? De hecho, es la muerte de determinadas posibilidades vitales del hombre mismo. Es la muerte del valor espiritual que, a pesar de todas las negaciones y de lo que afirma la mayoría, se atreve a comprometerse irrevocablemente con la fe en un principio divino de la vida. Es la muerte aparente de toda posibilidad de comprender esto como algo válido, de alcanzarlo con la mano, de agarrarlo, a fin de obedecer a las llamadas del Espíritu de vida divina y someter nuestro corazón y nuestra mente al evangelio de Jesucristo.

Un monje hace esta entrega sabiendo lo que cuesta, consciente de que no le exime de las dudas y luchas del hombre actual. Pero cree que posee el secreto de esas luchas y que puede dar a su vida un sentido que no sólo es válido para él mismo, sino para todo el mundo. Este sentido lo descubre mediante la fe, aunque no en argumentos sobre la fe. Por supuesto, la fe no se opone a la razón. Puede demostrarse que es racional, a pesar de no poder ser “probada” racionalmente. Pero cuando uno cree, puede llegar a comprender el sentido profundo de su fe, válido para sí y para los demás. Tanto esta fe como esta posible comprensión de su sentido son dones especiales de Dios.

 

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