Camino del silencio

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“Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó como guerrero invencible desde el trono real del Cielo” (Sabiduría, 18, 14-15).

 

El silencio es el misterio del mundo venidero. El habla es el órgano del mundo presente. Muchos buscan con avidez, pero encuentran únicamente aquellos que permanecen en silencio. Todo hombre que se deleite en una multitud de palabras, aun cuando diga cosas admirables, está vacío por dentro.

El silencio te iluminará en Dios y te librará de las fantasías de la ignorancia. Te unirá a Dios mismo y te dará un fruto que la lengua no puede describir. Al principio tenemos que esforzarnos para estar en silencio. Pero después, desde el seno de nuestro mismo silencio nace algo que nos atrae a un silencio aun más profundo. Que Dios te dé una experiencia de este «algo» que nace del silencio. Si lo practicas, amanecerá en ti una luz indescriptible (Isaac de Nínive).

Se dice que el templo de Salomón fue edificado con piedras extraídas y labradas bajo tierra, a fin de que ningún sonido de martillo y cincel quebrara el silencio sagrado en el cual se levantaban hacia el cielo las paredes de la casa del Señor. El sentido espiritual de este silencio simbólico es el «misterio del mundo venidero». Su realización en la vida de Jesús es muchas veces pasado por alto, y sin embargo, es muy significativo: el silencio de Belén y de Nazaret, la vida oculta de trabajo manual, el sufrimiento interior de la incomprensión, las largas noches de oración con su Padre, la callada experiencia del desierto que le prepara para el silencio redentor de su Pasión y Resurrección. Gracias al silencio de Cristo, la tierra se abre a la Palabra omnipotente de Dios y el mundo venidero se hace ya presente. El monje busca entrar en esta realidad y la abraza como uno de los rasgos importantes de su vida, no como voto de silencio absoluto, sino como disciplina de un nuevo amor que lo conduce al Corazón de Cristo, a su propio corazón y al de su hermano.

En estos últimos años, se ha escrito mucho sobre la trágica pérdida de silencio ocurrida en la vida del siglo veinte. La vida humana necesita una base de silencio que dé significado a las palabras. El simple fluir incesante de palabras, sonidos, imágenes y ruidos estrepitosos que atacan constantemente los sentidos del hombre de la ciudad, debe ser considerado como un problema serio. No es solamente que el volumen del ruido desgaste el equilibrio nervioso del hombre y lo enferme, sino que la sobreproducción de palabras y conceptos constituye una amenaza a su salud espiritual. De aquí la importancia de redescubrir el silencio religioso. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda al decir que se deben mantener momentos de silencio en el culto de la Iglesia. Uno de los elementos más importantes en la liturgia es el escuchar la Palabra de Dios leída en la asamblea santa y luego participar en la respuesta colectiva. Se requiere un mínimo de silencio interior para que este acto de escucha sea efectivo, lo que implica a su vez la habilidad de abandonar las propias preocupaciones y la congestión de los pensamientos habituales, para poder abrir libremente el corazón al mensaje de Jesús que nos habla en el texto sagrado.

El silencio es importantísimo para la libertad espiritual. Libertad frente a las fastidiosas demandas del mundo, de la carne y de la voz más oculta y siniestra de ese poder maléfico que nos hace cautivos de la codicia, la lujuria y la violencia. A fin de ser libres de esas fuerzas, tenemos que aprender cómo desistir de nuestro diálogo con ellas. Se trata más de una actitud que de una mera ausencia de palabras.

Pablo el Diácono, al comentar la Regla de san Benito en el siglo IX, decía: «El silencio nace de la humildad y del temor de Dios… La humildad perfecciona al hombre en la serenidad del cuerpo, y la seriedad lo perfecciona en la práctica del silencio». Aquí se refiere a la seriedad como a una profunda actitud interior de gravedad y reflexión, una tranquilidad de ánimo que brota del autodominio, una sensibilidad espiritual que, al juntarse con las otras cualidades del silencio, libera al hombre de la necesidad de responder enseguida a cada llamada apasionada que puede sobrevenir desde dentro o fuera suyo. Este silencio es una «seriedad» de todo el ser, una actitud de desapego y de amistad, no una simple negación. El verdadero silencio monástico no es un comportamiento farisaico que atrae la atención sobre sí mismo, al decir: «No soy como tú». No es la necesidad tiránica de hacer valer los propios derechos, llamar la atención, reclamar satisfacciones, dar una buena impresión y «ser alguien». El verdadero silencio es una especie de sencillez y transparencia, reveladora de un hombre que es igual a cualquier otro, pero que vive en un nivel diferente y más profundo, porque es capaz de prestar atención a otras voces.

Por consiguiente, es fácil ver la importancia del silencio en el ascetismo monástico tanto en las horas de mayor soledad como en los diálogos personales o comunitarios. Ambas circunstancias reclaman al monje el doble fruto de su silencio: la escucha acogedora y la liberación interior. Si quiere «hacerse extraño a la conducta del mundo», como dice san Benito, entonces el silencio es una de las principales prácticas liberadoras de las que tiene que valerse. Es una característica del mundo hacer que sus ciudadanos busquen tener éxito, causar buena impresión, ser famosos. Pero las cosas que el monje busca no pertenecen al mundo de la fama, y él no se vende de esa forma. Para él, más vale ser desconocido que famoso. Esto le da libertad para pasar por alto todo lo que sea irrelevante a la vocación que ha recibido: compartir el anonadamiento de Cristo, para poder compartir su resurrección.

El monje que no goza de auténtico silencio interior, todavía está dividido por dudas y vacilaciones al experimentar un vacío de este género. No puede estar seguro de que no pierde nada al no prestar atención a lo que otros dicen, piensan y hacen. El hermano auténticamente silencioso, en cambio, no es indiferente hacia los demás, lo que sería una forma de enfermedad, pero no se preocupa por verse excluido de ciertas cosas. Tampoco desdeña los problemas sociales o políticos, pero sabe que si hay novedades en el mundo que él debe conocer, Dios y sus superiores asegurarán que las conozca.

Dado que el monje cisterciense se encuentra relativamente libre de la tarea y la obligación de predicar a los demás y de ayudarlos directamente a afrontar sus dificultades, tiene esta enorme obligación de liberarse de sí mismo interiormente y escuchar la voz del Señor. Ésta no es simplemente un lujo contemplativo que la Iglesia «tolera» de mala gana; es una obligación y una misión que ella le da. Su función es semejante a la del vigía en la torre que escucha en la noche desierta noticias provenientes de otro país. Tiene que estar profundamente atento a cualquier mensaje que venga de Dios, de quien espera aprender cómo ser transformado en un hombre nuevo y cómo comunicar esta gracia secreta y poderosa al resto del pueblo.

Así se explica el testimonio a favor del silencio contemplativo de parte de centenares de sacerdotes y laicos comprometidos en obras más directamente pastorales. Es significativo que uno de los hombres más santos y ardorosos en el movimiento de sacerdotes obreros en Francia atestiguara su valor. El padre Henri Perrin, jesuita, escribió durante un retiro prolongado: «En estos meses he visto cada vez con mayor certeza que puedo hacer más por nuestros jóvenes cristianos dentro del silencio de mi celda que en los fines de semana que acostumbraba dedicar a los grupos de Acción Católica».

La finalidad principal del silencio monástico es preservar, como estilo permanente de vida, esta atención a otro mundo, este recuerdo de Dios que es mucho más que una simple memoria. Es una conciencia total de la presencia divina que es imposible sin el silencio, el recogimiento y un cierto apartamiento, dentro de un ambiente general de verdadero amor. Frente a la inmensidad de esta Presencia, el monje adoptará espontáneamente una actitud de quietud enamorada, que poco a poco toma posesión de toda su existencia convirtiéndola en oración. Los intercambios fraternales tienen que respetar y favorecer esta forma de oración continua. Incluso, en algunos monasterios antiguos, los días de mayor silencio eran las fiestas y los días especiales, como cuando el monje emitía sus votos, o los días entre la muerte y el entierro de un hermano, en los cuales todos se adentraban más profundamente en el secreto amor de Cristo, en las realidades últimas y el mundo venidero.

La verdad es que el hombre moderno, a pesar de un cierto entusiasmo por métodos de meditación, no está tan a gusto en un silencio como éste. Muchos se sienten al comienzo replegados sobre sí mismos, desconcertados, artificiales al tener que evitar ruidos y callarse. Esto puede ser una dificultad para algunas vocaciones monásticas, y uno de los frutos de una buena formación en la vida cisterciense es saber compaginar el silencio con una comunicación fraterna sana y necesaria. Así, el que puede realmente vivir en silencio estará tranquilo y en paz en medio de otros hombres silenciosos. Amará simple y espontáneamente los momentos de mayor convivencia, como también los momentos cuando puede estar más a solas con Dios, caminando, leyendo, rezando o meditando. Aprenderá a descansar en Dios, vivir en silencio con Jesús y con María, quien, ella misma, guardaba calladamente la presencia oculta de su Hijo, meditando todo en su corazón. El ejemplo de la Virgen enseñará al monje cómo el silencio es ya una verdadera comunicación, y el hablar y el callarse son dos expresiones mutuamente necesarias de la amistad, que deben abrirlo a la fuente de toda amistad humana en la Persona de Jesús.

En última instancia, el silencio del Císter no es tanto una práctica, sino una gracia, un don de Dios. Aquellos que desean este gran don, tal vez tendrán que reconocer su incapacidad natural para lograrlo por su propio esfuerzo. Deberán pedirlo humildemente en oración. También tendrán que aprender a ser dignos de este regalo sufriendo pruebas en silencio por largo tiempo. Por el sufrimiento silencioso en imitación de María, se llega a conocer el profundo gozo interior que únicamente el silencio hace accesible para el corazón que busca a Dios.

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